By Marie Anne Arreola
El deshielo
Ahora me doblo, como una columna culpable,
sobre lo que queda del glaciar.
Aquí está mi cabeza—torpe, esperanzada,
sacando medio cuerpo, como un perro
por la ventana del coche. Aquí están mis rodillas;
arrodilladas sin dios, sólo gravedad.
Le ruego al cielo la piedad de una coma,
una pausa lo bastante larga
para explicar por qué empaqué
más libros que ropa interior.
Una escena: los árboles,
encajonados en escarcha,
sacudiendo su joyería endurecida.
Las ramas, no rotas por el frío,
sino detenidas a mitad de gesto,
como amantes que deciden no hablar
pero siguen tomados de la mano bajo la mesa.
Las palabras exactas para describir este mito
se me escurren entre los dedos como deshielo.
Me senté con desconocidos en el bar del hotel,
bajo un cielo tan claro que parecía haber sido vaciado
para guardar otras cosas. Nadie dijo nada verdadero,
que era lo único verdaderamente posible de decir.
Las noticias seguían sonando desde la televisión
como ruido blanco: glaciares desaparecidos,
arrecifes muertos, un documental sobre abejas que nunca vi—
ni siquiera me había alejado de ninguna excusa obsoleta aún.
Tampoco había señales de que otras hubieran llegado.
Sólo estaba ahí, de pie, mirando mi vaso de whisky,
preguntándome cuántos recuerdos caben entre camisetas
y los jeans que ya no uso. El equipaje tiene compartimentos:
zonas horarias dobladas dentro del tubo de pasta,
una lista de cosas que olvidaré olvidar.
Los recuerdos dudan si quieren venir.
Preguntan en qué idioma habla la televisión del hotel,
si las almohadas olerán a casa o a traición.
Las paredes han dejado de fingir que respiran.
Con las cortinas cerradas, el día y la noche son sinónimos.
Dicen que si empezamos a escribir en abreviaturas,
si deletreamos el duelo en emojis y rimas torcidas,
quizá alguien por fin nos escuche.
Anoche, un sueño de inundación:
el hielo volviéndose océano,
mi cama transformada en canoa,
indecisa entre salvarme o dejarme ir.
Me ahogué en medio de una bocanada de aire.
Sin voz, sólo esa sensación de que, tal vez,
no respirar era más fácil que leer las noticias.
Y entonces—un oso polar.
Su lengua de nieve, y su frente contra la mía.
Ambos, sin contar con un equipo de rescate. Sólo allí,
flotando en el silencio que le sigue a la supervivencia,
cuando la fe deja de fingir que se sostiene de algo.
Esta mañana desperté con el goteo del grifo,
las rodillas aún dobladas,
las manos esperando todavía una frase
que me perdone.
Estatua de la libertad
I
Hubo un tiempo en que hervimos agua en cacerolas.
Alguien dijo que la mostaza alivia el tirón de un músculo.
Siempre estamos probando remedios: cebolla rallada para la tos,
miel en los cortes de papel, un trago de vinagre antes de volar,
porque el juego de Norteamérica siempre ha sido el mismo:
arréglalo o finge. En ambas cosas hay ternura,
una superstición que se disfraza de cuidado.
Y pienso en esto ahora; en cómo seguimos creyendo
que algo tan simple puede curarnos.
II
Una vez me comí un insecto para pagar una apuesta
y me reí junto a mis amigos como si fuera gracioso.
Tal vez lo era. O tal vez sólo fingía que lo era.
La alegría, esa que roza lo imprudente,
pertenece a quienes entendimos a tiempo
que algunos juegos nunca terminan—
simplemente aprendemos a esconder mejor las reglas.
A veces me pregunto si eso también era un remedio.
Ahora la sal se acumula en mis libros.
III
¿Qué parte del rostro olvida primero?
La boca, probablemente.
El duelo tiene mala puntería: siempre regresa a la lengua,
al lugar que intenta nombrar la pérdida y no puede.
Y así seguimos nombrando, moviéndonos,
viajando lejos, pero nunca lo suficiente.
Carrozas vacías en desfiles detenidos:
un trompetista solitario, una bandera muda saludando a nadie.
El tiempo se volvió tridimensional—los relojes marchan
hacia adelante mientras los recuerdos se apilan como cajas sin abrir,
pero la historia sigue plana. El cuerpo se resiste a moverse como antes.
Las estaciones atrapadas en una pena que no se disuelve.
Todavía inventamos reglas detrás de puertas que jamás abriremos.
Dibujamos símbolos en pupitres agrietados,
como si eso pudiera salvarnos. Reescribimos los viejos códigos
en formas nuevas, como piedras gastadas, como huesos de paraguas.
IV
Este año se negó a ser intachable. Ni siquiera las estrellas—
las de plástico que pegamos al techo y brillaban verdes en la oscuridad,
relucen igual. En aquel entonces creía que eran mágicas.
Y probablemente lo eran, hasta que aprendimos que la luz de imitación
es la que se apaga más rápido. Y seguimos aquí,
esperando que algo brille de nuevo.
Entré por la puerta; ella entró por la ventana.
Nos encontramos en medio del verano,
creyendo en el techo de mi habitación
como si realmente reflejara una constelación del cielo.
Creíamos en los juegos, en las reparaciones,
en el modo en que la luz funciona incluso cuando finge.
Pensábamos que las estrellas seguirían brillando
si manteníamos la habitación bastántemente oscura.
Qué fácil era engañarse entonces.
Ahora el pensamiento y la palabra se estiran
como chicle entre los dientes. Soy prisionero
de mi propia lógica elástica. Como la Dama de la Libertad:
hecho de hierro, pero todavía símbolo—
verdeado y vaciado por el clima.
¿Cuándo dejé de ser el niño que experimentaba
y me convertí en la estatua que observa?
Esa misma luz vuelve a portarse extraño:
roja como las mejillas de los hombres reprendidos,
rosada como el vino que los adultos giran en copas altas,
como si las flores fueran algo que se bebe.
V
El trueno se ríe. Las historias rompen como olas,
resonando en los cuerpos del sofá.
Las sillas se arrastran desde la cocina.
Todos gritan con amor, o con algo que se viste de amor.
Yo solo observo, desde el rincón,
el niño que espera como polvo.
Sentarse y escuchar parece suficiente:
absorber el caos con gracia,
como una bañera que sabe no desbordarse.
Digna, fría, quieta—
mi libertad es eso: un estado mental.
Pero si olvido el miedo,
olvido también las malditas estrellas.
Todo o nada. Siempre ha sido así.
VI
Durante años solo pude escribir
sobre los bosques ahumados de América—
el modo en que el aire te envuelve como una mala noticia.
Estoy a segundos de la misericordia, pero a décadas del perdón.
Estoy equivocado en todo, incluso en este texto.
Incluso en ti. Especialmente en ti.
Y sin embargo, fui un pirata, un dios furtivo,
un gato que siempre caía de pie hasta quedarse sin vidas.
Siempre lograba alcanzar el suelo de madera,
ese tablón seguro entre las voces y el silencio.
Los sofás cedían. Y de la nada—una mano apartó mi flequillo
como si levantara un telón, como si alguien supiera
lo que necesitaba ser visto.
Como si alguien me hubiera estado buscando todo este tiempo.
VII
Sonidos que galopan, imágenes que no encajan con su traducción.
Intérpretes simultáneos tropezando con sus auriculares.
¿Quién mira? Nadie mira. O todos miran y nadie ve.
La luz, otra vez. La luz antes del trueno, siempre antes, nunca durante.
Destello o golpe u ola—lo que haga falta para sacudirnos,
para recordarnos que estamos aquí, que seguimos aquí.
VIII
Los envoltorios de plástico se aferran a las rocas
como remordimientos azules,
como si las rocas necesitaran más peso, más historia.
El cielo se pone su sudadera gris, esa que nunca lava,
esa que huele a octubre y a todo lo que no dijimos.
Las abejas zumban la misma canción de siempre,
¿o soy yo quien la repite?
Y aquí estoy—mente como globo de agua estallado en el lago,
las ondas expandiéndose sobre todo este desastre que insisto,
que me empeño, que necesito llamar “mi vida etérea”.
Como la Dama de la Libertad: hecho de hierro, pero aún símbolo.
Verdeado y vaciado por el clima, por el tiempo,
por la sal del aire que no perdona.
Marie Anne Arreola is a bilingual interdisciplinary artist whose work lives at the intersection of speculative lyric, digital culture, and diaspora memory. She is a 2025 Pushcart Prize and Best of the Net nominee, a Rotten Tomatoes–certified critic, and the author of Sparks of the Liberating Spirit Who Trapped Us (Foreshore Publishing, UK), winner of the Plumas en Ciernes Short Story Prize. She is also the founding editor of VOCES, a bilingual platform for global artists and writers. Her work appears in over 40 literary journals across the U.S., Europe, and Latin America. Blending magical realism, investigative depth, and lyrical intensity, Arreola’s writing pushes the boundaries of traditional genre forms. She is a two-time finalist for the Francisco Ruiz Udiel Latin American Poetry Prize (V and VI editions) from Valparaíso Ediciones and a recipient of the 2024 Young Poets Scholarship awarded by the Gutiérrez Lozano Foundation.
