Atrás quedó la frontera

By Julio Puente García


Tu mamá dice que soy un viejo alcahuete y se queja de que estás muy chavalilla para andar en el argüende, pero se le olvida que la primera vez que vine al Norte tenía más o menos tu edad: recién había cumplido mis dulces dieciséis. Llegué con mi primo, el Maxi, que me sacaba un año. ¿Tú bisabuelo? No, él se quedó tranquilo en el rancho, ordeñando. Digo, ordeñando los dólares que le mandaba cada quincena y que él invertía haciendo nuevos amigos en las parrandas.

Sí, tu bisabuelo anduvo de bracero, pero después de vencérsele el permiso nunca se atrevió a cruzar por el monte o por el río. ¿El desierto? Olvídalo. Siempre fue más alérgico al calor que al trabajo. Pero nosotros estábamos hechos de otro material, más resistente, digamos. Además, éramos jóvenes y decididos y teníamos ganas de trabajar. También teníamos ganas de comer mejor y, para qué te miento, ganas de explorar y conocer un poco el mundo. 

En aquellos años al asomar la cabeza por las ventanillas del tren y sentir el aire caliente en la cara, cerca de las ciudades del norte podíamos ver los muros de madera apolillada a punto de venirse abajo contra el pedregal. Quienes habíamos estado aquí antes, sabíamos que a unos cuantos kilómetros detrás de esos muros se encontraban las casetas de la migra en donde los agentes tomaban la sombra. Para cruzar a este lado no hacía falta cavar huecos en la tierra o saltar por encima del muro. Había que alejarse a pie de la ciudad ––casi siempre siguiendo el sol que se ocultaba––, andar unos cuarenta minutos, máximo una hora, y aquellos muros desaparecían entre los matorrales. Bajo la luz de la luna escuchábamos el rumor de la música en las radios de los agentes de migración y con la aurora nos topábamos con la carretera en donde ya nos esperaban las camionetas listas para arrancar al pueblo más cercano.

Por más de diez años correteamos de un estado a otro, de Arizona a Tejas y de Tejas a Michigan. Trabajos varios: herrero, agricultor, jardinero, obrero a medio tiempo, etc. Arizona me ofreció el primer empleo y me arrebató más de un cheque. Fue durante la temporada del melón, en el invierno de Yuma, en donde las temperaturas no pasaban de los treinta grados. Piscábamos el melón en sacos que portábamos sobre la espalda y que nos llegaban hasta las pantorrillas. Treinta melones de buen tamaño y color pardo caían sobre la caja del camión cada vez que uno de nosotros vaciaba su saco luego de subir corriendo la rampa de madera. Se pagaba por contrato, no por hora; mientras más abarcábamos junto a nuestra cuadrilla, mayor rendía el dinero ––cuando los contratistas no se hacían los perdidizos o cuando la migra no entraba a las barracas y barría con todos los inmigrantes. Aunque en esa época más tardaban en agarrarnos y aventarnos pa afuera, que el tiempo que tomábamos en regresar. Éramos tercos. A veces trabajábamos en México un par de semanas si hacía falta dinero para el regreso. Si había suerte y los Migras no nos habían quitado hasta el último dólar que traíamos en la bolsa, nos soltaban en Nogales por la mañana y por la tarde nos hallaban en Tucson, canturreando y preparando el lonche para la siguiente jornada. Con el tiempo ni coyotes necesitábamos, después de tantas idas y vueltas ya conocíamos bien los caminos.

Una temporada anduve en Houston, y aunque no me acostumbré a la vida de ciudad, me gustaba el trabajo suave del herrero y las tormentas repentinas que azotaban la ciudad. En Michigan supe lo que era el frío y me harté de comer pan blanco. Tortillas no las encontrabas por ningún lado. Gente que hablaba español, poca. Había una familia de morenos que vivía al lado de nuestra traila; a veces, durante los días más fríos de invierno, una señora viejecita nos llevaba frijoles fritos en manteca y café sin azúcar. Vivía con una hija, o tal vez era su nieta, una mujer delgadita, casi una sombra; cuando la veíamos andar parecía que el vestido se movía solo. La hija, o la nieta, nos intentaba hablar en español, pero no se le entendía mucho. Rita, creo que se llamaba. 

Cuando me agarraron en Grand Rapids no intenté volver enseguida, como lo había hecho antes. Llevaba tres años y medio y andaba algo cansado, más bien enfadado del trabajo, del tedio de tener que madrugar todos los días, de trabajar diez o doce horas diarias con descanso mínimo, de regresar a casa con las gallinas recogidas sobre los árboles y todavía tener que preparar la cena o lavar la ropa. Había ahorrado algo de dinero, había levantado un cuarto en la casa de tus bisabuelos y quería ver a los amigos y hablar con las muchachas. 

Regresé. 

Fui a los bailes en los campos de béisbol que organizaban los ranchos para el fin de año y navidad, conocí a varias jovencillas, pero no me animé. Busqué y busqué trabajo en el rancho y en los pueblos de los alrededores, pero no encontré nada. 

Después de cuatro meses se terminó el dinero ahorrado. Dejé la siembra de tu bisabuelo preparada. Él se encargó de contratar a los peones para cosechar el frijol y pagarles con mi dinero. Mientras tanto, yo volví a Arizona y trabajé una temporada más en el melón. De ahí me pasé a California, cerca de Indio, a cosechar el limón. El calor era peor que en Arizona. El trabajo también. ¿Ves esta cicatriz? Me acompaña desde esa época. Entre las espinas estuve a nada de dejar este ojo.

Un día, en la cantina escuché a otro jornalero hablar de un valle en donde se pagaba bien la cosecha de la uva. Me vine en cuanto me recuperé del ojo. Caímos primero a Madera, que en aquella época era un pueblecito de cuatro casas, pero que la gente del sur ha ido levantando con el tiempo. En una jornada llegué a cortar hasta veinticinco cajones de uva de cinco de la mañana a siete de la tarde. Buen dinero, treinta y cinco centavos por cajón.

Perdí la cuenta de las veces que me regresaron a México ya andando en el Valle, pero te aseguro que me escapé muchas veces más. En cuanto escuchábamos las perreras, eso parecían las patrullas de la migra, salíamos corriendo a donde fuera. A veces nos llegaban al campo y había que esconderse en los arroyos o entre el cártamo, otras veces llegaban a las barracas cuando uno se estaba bañando y si alcanzabas tomabas la toalla. Recuerdo al Maxi de espaldas, con sus huaraches, todo enjabonado, saltando sobre un canalito de riego y tropezándose con los surcos del espárrago en reposo. Se levantaba con las rodillas sangrantes y a pie descalzo se perdía entre los campos.   

Así anduve, o anduvimos, por varios años. Pero todo pasa y se vuelve recuerdo. Aquellas correteadas comenzaron a hacerse menos comunes a finales de los ochenta. Los que trabajábamos en el campo y no nos apendejamos, pudimos arreglar papeles. Ese mismo año llegué aquí, a la tierra de Murrieta.

No creas, aunque estaba acostumbrado al trabajo, no fue fácil hacerse a la idea. Por algún tiempo anduve algo agüitadón. Sí, así como lo oyes. Lo sé, es gracioso; ahora podía ir y venir sin tener que caminar por el monte, pero la misma idea de tener que quedarme no terminaba de convencerme. Al principio, como te he dicho, buscábamos trabajo, buscábamos un buen taco, buscábamos algo de diversión, pero una cosa es llegar y saber que vas a regresar con tu gente, y otra, imaginarte envejecer en estas tierras. 

Además, estos pueblos estaban en peores condiciones que Madera. Tenían poca gente, la mayoría de ellos eran gabachos que vivían alejados en sus ranchos. Muchos de estos pueblos comenzaron como meras paradas de tren. Luego con la construcción de los canales las gentes se fueron arrimando, sobre todo los que venían buscando labor. Los primeros años salía a caminar por las calles polvosas después de la jornada y no se veían ni perros flacos. Andaban algunas gallinas que se escapaban de los corrales o los coyotes que bajaban de las colinas. A veces pasaba a la Sonorita, la tienda que sigue al lado del Macdolars, y me tomaba un refresco. Ahí platicaba un rato con los hombres, muchachas no se veían tantas por aquellos años.

¿Tu abuela? Eres curiosilla, canija. A tu abuela la conocí unos años después, por el rumbo de Tres Piedras. Fue durante un verano. Por esas fechas ellas dejaban la escuela y le entraban a las limpias de la yerba. Ese trabajo casi siempre lo hacían las mujeres, el azadón era lo más liviano que se hallaba. Nosotros estábamos en la banca, esperando a que comenzara la corrida de la uva, y un mayordomo nos invitó. En su cuadrilla había solo chicanitas que hablaban el español norteño con un acentito pegador. Por lo menos a mí me pegó. 

En las cartas quincenales que les mandaba a tus bisabuelos, les conté de ella. Recibí la respuesta tan rápida que parecía que me había olvidado de meter los billetes al sobre. Pero no, el bultito de los de a veinte no faltaba. Tu bisabuelo me advirtió que no hiciera tonterías, que tenía que seguir jalando para socorrerlos a ellos y a mis hermanos más jovencillos. Sí, socorrerlos, me decía, como si aquello fuera cuestión de vida o muerte. 

Con los amigos no hizo falta cartearse, no tardaron en dejar el rancho y probar suerte por estos rumbos. A algunos, a pesar de haber cosechado desde chiquillos, no les gustó el trabajo en los campos. No es lo mismo trabajar seis horitas diarias en tu propia milpa y tirarte bajo la sombra de las encinas a reposar la espalda, que llegar aquí, madrugar a las cuatro treinta, subirte a las camionetas una hora y media y trabajar las diez horas en el surco sin enderezar la espalda. El Maxi, por ejemplo, luego de un tiempo terminó de yardero por el rumbo de Los Ángeles.

Con tu abuela nos establecimos en este barrio. Pagamos el alquiler de una barraquita por varios años. Yo seguí dándole duro en el surco y ella aprovechó para criar a los hijos y terminar la escuela. No llegó muy lejos, pero con el inglés y algunas clases pudo defenderse bien y consiguió un trabajo como secretaria en el primer banco del pueblo, frente a la capilla de la Virgen de San Juan que levantó la gente. Ganaba bien, sobre todo para nuestra zona, y luego de cinco años pudimos dejar la barraca y comprar la trailita aquella donde crecieron tu mamá y tus tíos. 

A tus bisabuelos les escribí muchas veces más, les mandé fotos de sus nietos, pero solo recibí una respuesta. Me decían que era un vendido, que me mandaba la vieja, que por mi culpa se estaban muriendo de hambre. Parece que a ningún cabrón de la plebe le daba por levantarse de la silla y buscar trabajo en el rancho o en otro lado. ¿Que si me dolió? Claro que me dolió. Pero tampoco soy tan buey. Tú lo sabes, te lo he contado en otras ocasiones, yo no completé mucha escuela por ayudar en la siembra desde chiquillo. Pero con escuela o sin escuela, no soy tan bruto como para no darme cuenta cuando la gente te quiere pendejear. 

A veces me acuerdo de las semanas que pasé en la escuela. Sobre todo, se me viene a la mente aquel mapa descolorido de México que la maestra Salvatierra nos mostraba en el salón. A la vieja le encantaba inventar historias fantásticas sobre la grandeza del país, sobre sus ricos pozos de petróleo, sobre sus minas de metales, sobre sus monumentos a los héroes. También hablaba de los villanos que habían despojado al país de más de la mitad de sus tierras y nos advertía de algunos traidores que abandonaron México para ayudar al enemigo. Nos decía que teníamos que despreciar a esa gente, que no podíamos caer en la tentación de los dólares. La recuerdo, con su vestido rosado hasta los tobillos y un suéter estrecho que dejaba ver sus brazos regordetes, paseándose por el único salón de clases que tenía la escuela, repitiendo su frase favorita: ‘Si no puedes hacer lo que quieres, trata de querer lo que haces.’ Pero yo, y muchos otros de mi generación, nunca sentimos cariño por el hambre y la miseria. En cuanto pudimos, dejamos atrás aquellas maravillas nacionales de las que nos hablaba Salvatierra y que nunca pudimos contemplar con nuestros propios ojos.

Pero bueno, mija, colorín colorado que este cuento aún no se ha acabado. A darle con las pancartas, que nosotros también fuimos mojados y, como ellos, atrás dejamos la frontera.


Julio Puente García’s fiction has been nominated for the Best American Short Stories. His debut collection, Acrobacias Angelinas, won the Gold Medal at the International Latino Book Awards as “Best Latino Focus Fiction” in 2021. His work has appeared in The CommonAcentos ReviewLiterary Hub, IHRAM Magazine, and elsewhere. Julio holds a Ph.D. in Hispanic Languages and Literature from UCLA. He lives in Florence, Italy, with his wife Jennifer and their three trilingual children.