By Norman Jessel González Calderón
Mi primera palabra
Mi amá le tiene miedo a esos ruidos. A mí también me asustan, suenan como los de la tele.
Algo anda buscando mi amá. Tiene todo el día en la ventana. A veces la cara se le llena de luces de colores, mientras se escuchan los ruidos. Mi panza también hace ruidos. Hace prrrr.
Le jalo la mano, y le digo que tengo hambre. «Ahorita no», me dice. No quiero llorar porque se enoja. Pero me ganan las ganas. «No. No hagas ruido, chamaco», dice y me tapa la boca. Yo grito. Y le quiero quitar la mano de mi boca. «Está bueno», dice y va al refrigerador. No se ve nada, nomás lo blanco de la luz. Mi amá me mira con carita triste. Se cae al suelo. Creo que se lastimó su carita, porque se la agarra. Pobre de mi amá.
¡Ya sé! Le haré cosquillas. Le rasco los sobacos y le digo tikitikitiki. Ella se ríe y se seca los ojos. «No estés triste, amá. Mira, ya no tengo hambre», me levanto la camisa y le enseño mi ombligo saltado. Sus labios están fríos, lo sé porque me besa mi pancita. Mi tío dice que tengo panza de perro con lombrices. Yo creo que sí. Cuando me da hambre, algo se me mueve.
Otra vez los ruidos. Están más fuertes, más cerquitas. Mi amá me suelta y se asoma por la persiana. «¡Ahí viene tu tío!», dice. Está bien feliz porque aplaude despacio y sonríe. Me agarra mis manitas y me hace bailar. Me dice que me hará quesadillas. Pero mira otra vez y deja de estar feliz. «No, no… Déjenlo. ¡Poncho!» Creo que a mi tío le pasa algo y también a mi amá. Algo se le quiere salir, porque se tapa la boca. A mí los oídos me duelen. Ese ruido hace que todo se mueva. La tele, el espejo, las sillas. A mi amá algo le duele mucho. Se mueve como gusano en el suelo. «No le pegues así al piso, amá», le digo. Como que se le apaga el cuerpo. Está quietecita. Me pongo a un lado. Me acuesto con ella, en el suelo.
Creo que se le rompieron los ojos. El agua le sale y sale, haciendo charquitos en el piso, como yo cuando me salgo de bañar.
Las lombrices de mi panza la levantan, y me mira con su cara mojada. «Yo no fui. Fueron las lombrices», le digo. Se quita los mocos y mira de nuevo por la ventana. Está callada, nomás mirando. Yo también quiero ver pero no me deja. Se agacha, como cuando jugamos a los conejos. Me dice: «Vamos a ir con doña Rosa. No me sueltes la mano y no hagas ruido». Agarra mi mochilita del suelo y me aprieta la mano. «Vamos a jugar te callas, yo me callo», dice mi amá y salimos por la puerta. Soy re bueno para ese juego. Siempre le gano.
Así no estaba la calle. Hay lumbre en los carros y en las casas; huele mucho a cohete. En el cielo vuelan esas cosas. Suenan como abejorros grandotes. «Espérate», me dice mi amá. Brinco emocionado porque le gané, pero ella me jala. Me apachurra la boca. Los ojos le brillan, como en las fogatas. Ya sé que mira. Mira a alguien que llora, y que grita. Se asusta, porque me levanta y corre. Aún escucho los gritos; ha de ser muy travieso.
Así como estoy, escucho el corazón de mi amá. Creo que también se quebró. Suena rápido y fuerte.
Doña Rosa ha de estar dormida. Mi amá toca y toca, y nadie sale. «No ha comido», dice mi amá, en el piso. La puerta se abre un poquito y alguien dice: «Nomás por hoy».
Se parece mucho a nuestra casa. Chiquita y blanca. Mi amá le da las gracias a doña Rosa. Le besa la mano. Debió de haber hecho algo muy bueno. «Toma, mijo. Vete a ver tele», me dice doña Rosa y me da un taquito de frijoles. Su cara se parece a la de mi nana. Está toda llena de líneas y grumos. Yo lloré mucho. Quería que viniera con nosotros. En mis sueños, me hace atole de fresa.
La tele no ha de servir. No se escucha. Está un niño, y me dice que no sirve. Que su abuela le dijo. Me gustan las caricaturas. Siempre como cereal mientras las miro. Creo que doña Rosa le cambió a la tele. Ya no son dibujos. Son letras rojas. Yo ya sé escribir algunas de esas. Miss Castorena las enseña en mi escuelita. A de ant, L de lion y R de rat.
«¿También se llevaron a tu papi?», me dice el niño. Está tirado y juega a los carritos. Están bien grandes, no como los míos. «No. Mi papi se quedó con mi nana». «Mi abuelita dice que es odio. Uno que vienen arrastrando». Es raro el niño. No parece que le guste jugar. No se ríe. No me invita. «Vente, Aurelio, vamos a dormir», me dice mi amá, y me jala de la mano. Yo quiero jugar con sus carritos.
Nos acostamos en el suelo. Se parece al cuartito donde mi amá talla la ropa. Doña Rosa nos da una cobija suavecita.
Mi amá y yo estamos conectados. Ella siempre sabe qué quiero. No le dije nada y ya me está rascando la cabeza. Le cuento lo del papi del niño. Que se lo llevaron. ¿Y mi tío Ponchito? Le digo. «Se lo llevaron para curarlo», dice mi amá. Yo pienso que a lo mejor le dio odio. «¿Y por qué no va al doctor?», le digo. Mi amá se ríe y me dice que mañana lo llevaremos.
Qué bonita cara tiene mi amá. Me gustan sus ojos que tiemblan. No importa que ya tenga surquitos. Ella es muy bonita.
Ya no siento a mi amá; no oigo su nariz. Abro mis ojos y no está. Casi no se ve. Me levanto y salgo del cuarto. La busco: «¿Amá?». Ya. Está con doña Rosa. ¿Se estarán diciendo secretos? Hablan bajito. Casi como yo, cuando le dije a mi tío que yo me comí las galletas. Remojadas en leche.
Voy con mi amá y mi pie se va para atrás. Me rebota fuerte mi cabeza. Fue el carrito. El aire se me atora. Quiero sacarlo, pero sale a ratitos. Mi amá me levanta y me soba. Lloro y toso. Me tapa la boca. Me dice que me calle. Yo no puedo, me rebotó fuerte. «Calla al pinche…», se calla doña Rosa. Porque truena la puerta. Otra vez truena. Mi amá me pega a su cuerpo. Otra vez su corazón roto. Alguien llora. No soy yo. Yo estoy callado. La puerta se parte.
Me jalan por el suelo. Es mi amá que me mete al cuartito. «¡No salgas de aquí!», me dice y me deja dentro de un hoyo. Hay mucha ropa dentro. Yo me salgo y lloro. «¡Qué no salgas, pendejo!» Me mete otra vez. Algo se revienta afuera. Se escucha mucho ruido. Alguien grita. Y alguien llora. Y las cosas se quiebran. Mi amá se va. Pero la agarro de la camisa. Miro su carita por el hoyo. Me aprieta la mano. Está asustada mi amá. Su boca le tiembla y su cara está llena de agua. «Te amo», me dice y me da un besito en la mano. Ya no está, se fue. Otra vez los ruidos fuertes. Y los gritos. Yo me tapo mis oídos. Siento mi corazón; creo que se rompe.
Escucho unos pasos en el cuartito. «¿Amá?», digo y abro el hoyo. Una luz me cierra los ojos. Me cargan. No es mi amá. Mi amá no huele a humo ni a pimienta.
Siento un aire frío y la nariz me pica. Algo huele feo, como la pimienta. Mis ojitos ya se abren. Doña Rosa y el niño me ven. Están dentro de la casa. Mi amá no me carga; ella no tiene esos zapatos. Y eso me asusta. «¡No, no, no. ¡No por favor!», alguien grita. Sigo el grito. Es mi amá, mi mami. La apachurran en el suelo. Ya tiene su carita bien quebrada; está inflada y roja. Pataleo y me revuelco. Que me suelten. Quiero arreglar a mi amá. Ella dice palabrotas, grita y se revuelca. Le ponen algo en sus manos. Luego la levantan y se la llevan. Ya no la miro. Lloro y grito. Mi grito es mucho porque ya me raspa el cuello. Mi amá. Ven amá. Quiero piojito, y que me soples mi pancita, y verte tus ojitos. Ya se me acabó el grito.
Me suben a un carro. No sé quién es. Pero está todo de negro. Nomás los ojos le veo. «¿Tienes hambre?», me dice. Le digo que sí, y me da un chocolate. «¿Y mi mami?», le digo. Se va, cierra la puerta. Miro por la ventana. Hay otros tres. Tienen unas letras. Tres bien grandes. Yo las sé muy bien y las sé decir bien. Fue la primera palabra que nos enseñó Miss Castorena: «¿Cómo se dice hielo, Aurelito?». «ICE, maestra, se dice ICE».
Norman Jessel González Calderón (Yuma, Arizona, 1991) vivió la mayor parte de su vida en Luis B. Sánchez, Sonora, un pequeño pueblo que considera esencial en su formación como persona. Para él, ese lugar le dio algo que en ningún otro sitio del mundo podría haber encontrado y, de alguna manera, todo lo que ha escrito hasta ahora —aunque sea una sola palabra— viene de allí. Estudió Ingeniería en Energías Renovables en Mexicali, Baja California, y actualmente radica en Gilroy, California. Desde 2020, de manera autodidacta y con el apoyo de la Escuela de Escritores, ha forjado su voz narrativa para escribir relatos cortos, recogiendo elementos de aquí y de allá para dar forma a sus historias y contarlas a través de sus palabras.
